Diez segundos pueden marcar la diferencia: cómo prevenir ahogamientos infantiles en piscinas
La supervisión permanente, el cierre seguro del recinto y el aprendizaje de habilidades acuáticas pueden reducir el riesgo, pero ninguna medida sustituye la vigilancia de un adulto
Con la llegada del calor, las piscinas vuelven a convertirse en uno de los principales espacios de ocio familiar. Sin embargo, también entrañan un riesgo importante para los niños, especialmente cuando permanecen cerca del agua sin una supervisión constante.
La primera regla para prevenir accidentes es no dejar nunca solos a los menores, ni siquiera durante unos instantes. La persona encargada de vigilarlos debe mantenerlos siempre a la vista, evitar distracciones como el teléfono móvil y permanecer suficientemente cerca para actuar de inmediato.
En el caso de bebés y niños pequeños, la Asociación Española de Pediatría recomienda que se encuentren al alcance del brazo de un adulto con capacidad para nadar, realizar un rescate y pedir ayuda.
La piscina debe quedar aislada
Las medidas de protección física constituyen una segunda barrera fundamental. Las piscinas deberían disponer de vallas perimetrales completas, puertas con cierres fuera del alcance infantil y, cuando sea posible, sistemas de alarma.
La AEP señala que el cercado completo de las piscinas, separándolas del jardín y de la vivienda, puede reducir en más de la mitad los ahogamientos infantiles en estos espacios.
También conviene mantener recogidos los juguetes cuando termina el baño, evitar superficies resbaladizas y enseñar a los pequeños a no correr ni empujarse alrededor del agua.
Aprender a flotar no sustituye la vigilancia
Aprender a flotar, nadar y comportarse de forma segura en el agua es una medida preventiva importante. La Organización Mundial de la Salud recomienda enseñar a los niños habilidades básicas de natación y seguridad acuática mediante programas adaptados y seguros.
Aun así, ningún curso, flotador o manguito reemplaza la vigilancia. Estos dispositivos pueden fallar o desplazarse y llegar incluso a generar una confianza excesiva entre los cuidadores. Los chalecos homologados ofrecen una mayor protección, pero tampoco permiten dejar al menor sin supervisión.
El mensaje que debe acompañar cada jornada de baño es sencillo: siempre debe existir una persona adulta responsable, atenta y preparada para reaccionar. En las piscinas, la prevención comienza antes de entrar en el agua y no termina hasta que el último niño se ha alejado de ella.

Con la llegada del calor, las piscinas vuelven a convertirse en uno de los principales espacios de ocio familiar. Sin embargo, también entrañan un riesgo importante para los niños, especialmente cuando permanecen cerca del agua sin una supervisión constante.
La primera regla para prevenir accidentes es no dejar nunca solos a los menores, ni siquiera durante unos instantes. La persona encargada de vigilarlos debe mantenerlos siempre a la vista, evitar distracciones como el teléfono móvil y permanecer suficientemente cerca para actuar de inmediato.
En el caso de bebés y niños pequeños, la Asociación Española de Pediatría recomienda que se encuentren al alcance del brazo de un adulto con capacidad para nadar, realizar un rescate y pedir ayuda.
La piscina debe quedar aislada
Las medidas de protección física constituyen una segunda barrera fundamental. Las piscinas deberían disponer de vallas perimetrales completas, puertas con cierres fuera del alcance infantil y, cuando sea posible, sistemas de alarma.
La AEP señala que el cercado completo de las piscinas, separándolas del jardín y de la vivienda, puede reducir en más de la mitad los ahogamientos infantiles en estos espacios.
También conviene mantener recogidos los juguetes cuando termina el baño, evitar superficies resbaladizas y enseñar a los pequeños a no correr ni empujarse alrededor del agua.
Aprender a flotar no sustituye la vigilancia
Aprender a flotar, nadar y comportarse de forma segura en el agua es una medida preventiva importante. La Organización Mundial de la Salud recomienda enseñar a los niños habilidades básicas de natación y seguridad acuática mediante programas adaptados y seguros.
Aun así, ningún curso, flotador o manguito reemplaza la vigilancia. Estos dispositivos pueden fallar o desplazarse y llegar incluso a generar una confianza excesiva entre los cuidadores. Los chalecos homologados ofrecen una mayor protección, pero tampoco permiten dejar al menor sin supervisión.
El mensaje que debe acompañar cada jornada de baño es sencillo: siempre debe existir una persona adulta responsable, atenta y preparada para reaccionar. En las piscinas, la prevención comienza antes de entrar en el agua y no termina hasta que el último niño se ha alejado de ella.





















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